El mejor regalo: una alianza de amor para siempre

El mejor regalo: una alianza de amor para siempre

La expectativa de vida hoy en día es mayor que la de nuestros abuelos, quienes morían a los 40 o 50 años, hoy se puede pensar en vivir hasta los 70, 80 o 90 lo que nos lleva a pensar en relaciones matrimoniales de 40, 50 y hasta más tiempo de convivencia. Quiero dedicar este artículo a los matrimonios-sacramento: valoro el esfuerzo que hacen muchas parejas quienes deciden convivir de otra manera, llámense matrimonios civiles, uniones de hecho, convivencia de mutuo acuerdo etc. Pienso que si bien no es fácil convivir con una persona con la cual nos hemos comprometido a amar hasta que la muerte nos separe, lo que implica poner todo de nuestra parte para amarla, entenderla y aceptarla porque es la persona que elegí y con quien establecí una alianza, más difícil tiene que ser amar a aquel o aquella que puede dejarnos en cualquier momento. Eso no implica que el cónyuge en el matrimonio-sacramento no lo pueda hacer y de hecho vemos que hoy día muchos olvidan el compromiso y alianza que hicieron, los votos, palabras o señales conque aceptaron el derecho de esa unión y desechan sus matrimonios, olvidando su responsabilidad con su pareja, los hijos, con Dios y con la sociedad.

La ley de la Iglesia resume la grandeza del matrimonio-sacramento cuando dice en el Código de Derecho Canónico 1055, Nº 1, que: “La alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.”

Entendiendo así el matrimonio, no podemos pensar que voy a amar hasta que las fuerzas me aguanten, porque debemos saber que la bendición que da el sacerdote a los recién casados busca sancionar en nombre de la iglesia esa unión y a su vez atraer sobre ellos las abundantes bendiciones de Dios, para amarse mutuamente, educar a sus hijos cristianamente y cumplir con sus deberes sin que se vuelva una carga. Por el contrario, el matrimonio elevado a sacramento no solo es cosa buena sino cosa Santa, lo que indica que se cuenta con la gracia de Dios para que se superen las diferencias, se tome fuerza en medio de los problemas, se perdone cuando se han equivocado y se continúe adelante con su gracia.

Todo hombre y mujer vive la experiencia del mal, lo viven también las relaciones de pareja las cuales viven amenazadas por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y tantos otros que pueden llevar el matrimonio al odio y la ruptura. Pero nada de esto toma fuerza si no lo dejamos crecer. Hay una jaculatoria que me gustar repetir: “Es más grande el que está en mí que el que está fuera de mí”; es más grande Jesús que está en mí, que el mal que está fuera de mí. El Señor nos dice que “Si el árbol fuera cortado aún queda de él esperanza, retoñará aún y sus renuevos no faltarán.” (Job 14, 7). Esto mismo pasa en nuestros matrimonios: el mal toma la fuerza y el poder que nosotros le damos, él toma la autoridad que le quitamos a Jesús y dejamos que sean nuestras pasiones, sentidos e instintos, los que nos gobiernen.

Hemos hablado en otros artículos en el MDD de cómo proteger nuestras emociones, vivimos creyendo que tenemos que proteger a nuestra pareja, cuando realmente tengo que protegerme yo mismo, tengo que ponerme límites, tengo que tomar distancia cuando pongo en peligro mi matrimonio. Yo tengo que darle autoridad a Jesús para gobernarme, para gobernar mi casa, mi familia y mis emociones. “Si el árbol fuera cortado aún hay esperanza”, nuestros matrimonios pueden retoñar de las cenizas, así como el Señor permitió que Job fuera consumido hasta lo último y de allí retoñó para ver la bendición, así nuestro matrimonio que pasa por la prueba y el sufrimiento tiene esperanza en Cristo Jesús, que puede retoñar en nuestro corazón el amor de esposos y dar vino nuevo a nuestra relación, porque hemos recibido la fuerza de la gracia en nuestra bendición matrimonial.

En el matrimonio hay tantas cosas que son importantes como el dinero, el trabajo, los hijos, la relación con la familia política, la intimidad, los pasatiempos, los viajes, pero si hay algo realmente importante es la oración en pareja y en familia. Todo lo que sembremos en oración lo cosecharemos en bendición para la misma familia. La oración nos abre a la comunicación con Dios y con nuestro cónyuge porque problemas enormes con oración y buena comunicación se hacen mínimos y así un problema pequeño sin comunicación ni oración genera rencores, angustias, desconfianza que se vuelven un tsunami. No se trata de hablar, se trata de comunicarnos, manifestar a Dios y a la pareja lo que sentimos, revelar nuestras emociones, un diálogo franco en doble vía puede salvar matrimonios en crisis.

Yo te invito a hacer en pareja la siguiente oración:

Padre: en el nombre de Jesús y por los méritos de su pasión, te pedimos que nos abras a Tu Misericordia, muéstrate generoso restaurando en nosotros la gracia que hemos recibido en nuestra unión matrimonial, pasa encendiendo en nuestros corazones la llama de Tu amor y no permitas que esta se apague. Por el contrario, que cada día descubramos como esposos las cualidades que nos enamoraron, lo afortunados que somos de tenernos como esposos y compañeros de camino, la alegría de saber que al llegar a casa después de cada jornada tenemos a esos seres que nos aman esperando por nosotros. Ayúdanos a aceptarnos con nuestros defectos y virtudes y capacítanos para perdonarnos cuando olvidemos que el mejor regalo que podemos ofrecer es una alianza de amor para siempre. Amén.


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