Las diferencias nos llevan a amar con el corazón

Las diferencias nos llevan a amar con el corazón

Hombres y mujeres somos diferentes; quisiéramos que nuestros esposos pensaran como nosotras, nos trataran como nosotras los tratamos, pero estamos casadas con una persona que piensa y hace todo diferente a nosotras.

Pasamos la mitad de nuestra relación matrimonial tratando de comprender a nuestra pareja y la otra mitad tratando de cambiarlo. Para intentar mediar la diferencia tenemos que saber que el cerebro del hombre está hecho de pequeñas cajas y tiene una caja para todo, la caja del trabajo, la caja del automóvil, la caja de las cuentas, la de la familia, de los deportes, etc. y una caja que “no tiene nada” es la preferida por ellos, lo maravilloso de la anatomía del cerebro de los hombres es que las cajas no se tocan entre sí, cuando necesitan un tema específico buscan en su cerebro la caja, la usan y vuelven y la dejan donde estaba, los hombres tienen la habilidad de pensar en nada y aun así respirar. A diferencia de los hombres, el cerebro de las mujeres es una bola de cables, donde la casa se conecta con los hijos, los hijos con el trabajo, el trabajo con la madre, ésta con el marido, el marido con el supermercado, en fin, todo está conectado a todo, cada vez que pasamos hacemos shiikkk, corto circuito, nuestra mente nunca se detiene. El problema comienza cuando los esposos sacan la caja que no tiene “nada” ahí las mujeres nos desesperamos porque el esposo puede estar haciendo “nada” ¿Qué haces? ¡Nada! Los hombres se acuestan a ver televisión y pasan canales, la esposa le pregunta ¿Qué ves? ¡Nada! Las mujeres tenemos que estar haciendo siempre algo, estamos cocinando y estamos pensando en pagar las cuentas y recoger los niños, estamos en la intimidad y pensando en lo que vamos a hacer mañana. Somos esencialmente distintos.

Cuando a un hombre le preocupa algo corre a buscar su caja de la nada y la pone a funcionar, cuando le sucede a la mujer tiene que hablarlo so pena de entrar en corto circuito, aquí comienza el calvario, porque cuando el hombre habla expresa ideas y pensamientos, las mujeres sentimientos y emociones es por esto que un hombre solo le cuenta sus problemas a otro hombre para que le ayude a solucionarlos, en cambio la mujer te puede matar si habla y no la escuchas, solo necesita que la escuches mientras manifiesta sus emociones, no más. Está comprobado que los hombres necesitan hablar al día 3.500 palabras mientras que las mujeres 8.500 diarias, este es otro detalle que nos hace diferentes porque si la mujer estuvo donde el odontólogo con la boca abierta por horas o de compras sola y habló 3.500 palabras le quedan acumuladas 5.000 que el marido tiene que escucharle por la noche y lo más complicado es que si en la noche no se le escucha al otro día tendrá 13.500 por hablar y si el esposo estuvo en junta de negocios y ya hablo 6.000 palabras llega en la noche y no se le saca una ni bajo tortura, lo más probable es que vaya por su caja de la “nada” la que no deja tocar de su mujer porque al verla vacía va a decir acá le falta como una mesita con un florero o algo así.

¿Quieres mantener tu relación? acuérdate que te casaste con alguien diferente a ti, un hombre o una mujer; para defender tu relación tienes que comprender las diferencias. Amar a un hombre a una mujer es cuestión de ser un artista, respetando la libertad del otro pero cuidándolo, atendiéndolo sin aplastarlo, amándolo sin pretender cambiarlo.

Dios creó al hombre y a la mujer por amor y nos llama a participar de una manera especial de ese amor en el matrimonio. Dios conoce nuestras diferencias y espera nos amemos con ellas. Dice el libro del Génesis que “creó Dios al ser humano a imagen suya, hombre y mujer los creo”, este relato de la creación nos confirma que toda persona o es hombre o es mujer y esta diferencia no es solo biológica sino también afectiva y psicológica y alcanza a lo más profundo del corazón y al modo de vivir y expresar el amor, somos diferentes es una verdad pero lo realmente importante en una relación es cuanto amamos. “Mi amor es mi peso” decía San Agustín, no pesan los títulos ni las propiedades que tengamos, no pesa el dinero que tengas o tu posición social ni tu cargo en la empresa, pesa cuanto amas, eres lo que amas. Para valorar, defender y crecer en pareja tenemos que buscar a Dios, tenemos que ir a la fuente del amor verdadero. Tenemos que ir a Dios.

Oremos como lo hacía una sencilla mujer “Señor, el pasado a tu Misericordia, el futuro a tu providencia, el presente a tu amor. Señor tu sabes que lo único que tengo es el día de hoy para amarte y por ti a los que me has dado”. Solo por la gracia de Dios podemos entender la caja de la nada de nuestros esposos y el enredo de nuestro cerebro, solo por la gracia de Dios.


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