Me conozco, me acepto y me amo

Me conozco, me acepto y me amo

Cuenta la historia que había una vez un cuervo que era totalmente feliz, hasta que un día conoció a un cisne, y pensó: “el cisne es tan increíblemente blanco y yo tan negro, debe ser el ave más feliz del mundo”. Sin embargo, el cisne va nadando por el lago y ve un perico, y piensa: “el perico tiene tantos colores bonitos y yo soy tan feo” debe ser el ave más feliz del mundo; cuando de repente el perico ve a un pavo y piensa: “que cola tan fabulosa tiene el pavo real, nada que ver con la mía, debe ser el ave más feliz del mundo” y el pavo real ve al cuervo y piensa: “que suerte tiene el cuervo, está libre y yo enjaulado, debe ser el ave más feliz del mundo. Hemos escuchado muchas veces la frase “toda comparación es odiosa” y sin embargo la usamos para, inmediatamente, comparar algo o compararnos con alguien.

Los sujetos que se viven comparando con los demás, como el caso del cuervo, el cisne, el perico y el pavo real, al final se van a dar cuenta que cada cual puede ser feliz con lo tiene y lo que es. Quien se compara no se acepta, no se conoce y por lo tanto no se ama; este sujeto termina por darse cuenta tarde o temprano que hay otros, con grandes talentos y dones y otros que no cuentan con esos talentos, por lo tanto hay quienes son mejores, o menos mejores que nosotros. El círculo del cuervo termina en esto: cada uno tiene su talento para ser el más feliz del mundo, pero no lo puede valorar porque no se conoce.

Conocernos nos ayuda a darnos el valor real de lo que somos, y aceptarnos nos ayudará a comprender nuestras carencias sin frustraciones. Debemos mirarnos a nosotros mismos con misericordia, ser valientes y tener voluntad para comenzar a ser quienes realmente somos. Cuando no nos amamos a nosotros mismos, buscamos el reconocimiento y el amparo de los demás, generamos dependencias emocionales destructivas e inestables, las cuales nos llevan a someternos y magnificar e idealizar al otro, afectando de forma negativa nuestra autoestima, la salud física y mental.

Amarnos y tener claras nuestras necesidades nos ayuda a no quedarnos en lamentos, a buscar la forma de enmendar nuestras equivocaciones y ser mejores cada día; el reconciliarnos con nosotros mismos nos permite disfrutar de la persona que somos, cuidándonos y haciéndonos merecedores de las cosas que deseamos. Todo esto nos lleva también a comprender y respetar las necesidades del otro, sus pensamientos y valores. Debemos aprender a decir Sí, sin miedo y No sin culpa, esto nos permite crear entornos respetuosos para ser felices.

Si recordamos lo que dice la Palabra de Dios en el libro de Jeremías 1, 5 “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones.” Quien conoce la Palabra, se conoce a sí mismo y conoce a Dios. Hemos sido consagrados por Dios aún antes de ser engendrados, Él nos ha creado, somos sus hijos; esta premisa nos da la gracia para valorarnos, aceptarnos y amarnos. Si al auto examinarnos reconocemos conductas o actitudes que no nos agradan de nosotros mismos, busquemos a través de la oración, la Eucaristía y la confesión la aceptación y sanación de nuestra historia. Ponernos frente a una vida sacramental y de oración, es bálsamo que alivia las penas del alma, sana las heridas y transforma la vida. Así lograremos ser libres como el cuervo, hermosos como el cisne, coloridos como el perico y elegantes como el pavo real. Conocernos, aceptarnos y amarnos ya es un camino para nuestra propia felicidad.