Yo no negocio mis principios, valores, ni mi fe

Yo no negocio mis principios, valores, ni mi fe

Tendemos a preocuparnos por las modas, los cambios y las nuevas tendencias que se presentan en nuestra sociedad y sobre todo en lo que respecta a la familia. Nos parece que, así como el mundo cambia, y no para bien precisamente, nosotros tenemos que ir “evolucionando” con esos cambios, bajo el prejuicio de sentirnos anticuados, incluso catalogados como conservadores, radicales o fanáticos. Pero les pregunto: ¿si la sociedad dice que todos podemos ser consumidores de sustancias psicoactivas, llevar la dosis personal, o tener relaciones sexuales con la o las personas que yo desee, porque eso es tener libertad sexual y ahora es aceptado socialmente, respóndanme: si frente a un hijo suyo, que ya es un drogadicto o una hija que tiene relaciones sexuales con quien quiere, usted no desearía haber podido hacer algo para que nunca su hijo o hija hubiera llegado a esas conductas? Es fácil decir estas son culturas modernas, pero ningún padre, esposo o familiar quiere que sus seres queridos caigan en ellas. No podemos aceptar lo que nos haría sufrir si lo vivimos en nuestra propia carne.

Y es que para que veamos lo extraños que somos los seres humanos, me tomo el atrevimiento de citar un mensaje que me llegó a través de las redes sociales donde dice que vivimos en una época donde quieren que los sacerdotes se casen y que los casados se divorcien. Yo agregaría: exigimos que los sacerdotes sean santos e intachables en sus comportamientos, pero nosotros como hombres o padres somos irresponsables, abandonamos a los hijos y como esposos somos infieles y maltratadores. Hoy quieren que hombres y mujeres puedan tener relaciones libres y sin compromisos, pero los homosexuales se puedan casar por la iglesia. Que un niño con seis años pueda decidir si quiere ser hombre o mujer, pero un menor de 18 años no puede responder por conductas delictivas ni crímenes. Se puede prestar ayuda psicológica gratuita a los que quieran dejar la heterosexualidad y comenzar a vivir en la homosexualidad, pero al que quiere salir de la homosexualidad a la heterosexualidad no se le apoya ni profesionalmente ni por parte del estado, sencillamente se le abandona. Y, por último, estar a favor de la familia, de sus principios y de la religión, es fanatismo, incultura y atraso; pero destruir iglesias, orinar y profanar crucifijos, imágenes o la santa Hostia, es libertad de expresión.

A ver, yo creo que esto es cuestión de sentido común: Primero: educamos y formamos dentro de nuestro núcleo familiar conforme a nuestros principios, valores y a nuestra fe, los cuales no se negocian, no se modifican y no se discuten. Este derecho ni se lo soltamos a los educadores de nuestros hijos y mucho menos al Estado. Segundo: en nuestra familia no se da lugar a aceptar lo que la sociedad imponga como “normal” si nosotros lo discernimos como inmoral, se juzgan las acciones buenas o malas de acuerdo con la regla de moralidad. Y tercero: como todo apunta a no ser más que un ataque hacia la familia y la Iglesia, educamos a nuestros hijos en el sentido que tienen los actos de piedad de nuestra fe desde niños y con nuestro testimonio, para que vean la importancia de lo que están haciendo y practicando.

Somos los adultos, los padres, los responsables de mantener los principios, los valores y la fe como fundamento de nuestra familia; san Alfonso recalca la importancia de la educación moral de los hijos como un deber esencial y manifiesta que un descuido en esto, es tan delicado que puede comprometer nuestra salvación. Como padres tenemos una gran responsabilidad frente a Dios primero y frente a la sociedad, los hijos se nos han confiado para educarlos y si se pierden por negligencia nuestra o descuido en su crianza, los padres debemos rendir cuentas a Dios. Dice la Palabra en 1 Tim. 5, 8: “Quien no se preocupa de lo suyo, principalmente de los de su casa, ha renegado de la fe, y es peor que un infiel.”

Tenemos que preocuparnos si nos dedicamos solamente en la vida a trabajar para incrementar nuestras posesiones o para dejarle a nuestros hijos comodidades y placeres, en lugar de procurarles valores morales, principios y una auténtica fe. Como nos dice el libro del Eclesiástico 30, 3-5: “El que instruye a su hijo… cuando llegue la muerte no sentirá pena, porque deja a los suyos un defensor frente a sus enemigos.” No soltemos el control de nuestras familias, somos los responsables de generalizar, relativizar y dejar que el mundo continúe imponiéndonos una cultura de muerte. Frente a una sociedad como la nuestra, no negociemos nuestros principios, nuestros valores morales, ni nuestra fe.