Benedicto XVI y su experiencia de la Divina Misericordia.

Quince textos sobre la Divina Misericordia

Benedicto XVI  y su experiencia de la Divina Misericordia.

Mientras esperamos y oramos por el nuevo Papa que el Señor nos depara, recordemos al Papa Benedicto XVI quien se mostró  plenamente identificado con la Divina Misericordia como “experiencia espiritual”.

    Benedicto XVI no solo recibió el legado de su antecesor Juan Pablo II sino que también hizo de la Divina Misericordia parte de su vida y mensaje. En diferentes ocasiones y documentos manifestó que la esencia de Dios se llama Misericordia y motivó a la humanidad a “entrar en sintonía con este Corazón “rico en misericordia” y acogerse a la Divina Misericordia como única tabla de salvación. 

Tan importante fue para él este mensaje y urgencia que se hizo gestor del Congreso Mundial de la Divina Misericordia.

A modo de agradecimiento y elogio por su pontificado hagamos un “viaje espiritual” en su mensaje al respecto.

 

p. Ricardo Giraldo M ses

 

1. El legado de la Divina Misericordia.

Benedicto XVI constantemente aludió al legado de Juan Pablo II en sus homilías y mensajes.

En su primer mensaje como Papa, Abril 20, 2005 dijo:

 

1. Un don de la Misericordia divina. 

   En mi espíritu conviven en estos momentos dos sentimientos contrastantes. Por una parte, un sentido de incapacidad y de turbación humana por la responsabilidad ante la Iglesia universal que ayer se me confío de sucesor del apóstol Pedro en esta sede de Roma. Por otra parte, siento viva en mí una gratitud profunda a Dios que, como cantamos en la liturgia, no abandona a su rebaño, sino que lo conduce a través de los tiempos bajo la guía de quienes Él mismo ha escogido como vicarios de su Hijo y ha constituido pastores (Cf. «Prefacio de los apóstoles» I).

 Queridísimos, este agradecimiento íntimo por un don de la misericordia divina prevalece en mi corazón a pesar de todo. Y lo considero como una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor, Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este momento se dirigen particularmente hacia mí: «¡No tengas miedo!». (Primer mensaje como Papa, Abril 20, 2005)

 

2. La Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión que forma parte de la fe y de la oración del cristiano.

Al siguiente año en la Fiesta de la Divina Misericordia recordando al papa Juan Pablo II: 

   El siervo de Dios Juan Pablo II, valorando la experiencia espiritual de una humilde religiosa, santa Faustina Kowalska, quiso que el domingo después de Pascua se dedicara de modo especial a la Misericordia divina; y la Providencia dispuso que él muriera precisamente en la víspera de este día, en las manos de la Misericordia divina.

El misterio del amor misericordioso de Dios ocupó un lugar central en el pontificado de este venerado predecesor mío.

 Recordemos, de modo especial, la encíclica Dives in misericordia, de 1980, y la dedicación del nuevo santuario de la Misericordia divina en Cracovia, en 2002. Las palabras que pronunció en esta última ocasión fueron como una síntesis de su magisterio, poniendo de relieve que el culto a la Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión que forma parte de la fe y de la oración del cristiano. (Regina Caeli en el Domingo de la Misericordia. Abril 23, 2006).

 

3. Sufrimiento y Misericordia.

En su viaje a Polonia en 2006 a los enfermos reunidos en el santuario de la Divina Misericordia, les animó diciendo: 

   En esta circunstancia nos encontramos ante dos misterios: el misterio del sufrimiento humano y el misterio de la Misericordia divina. A primera vista, estos dos misterios parecen contraponerse.

Pero cuando tratamos de profundizar en ellos a la luz de la fe, vemos que están en recíproca armonía, gracias al misterio de la cruz de Cristo. Como dijo aquí Juan Pablo II, "la cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre" (17 de agosto de 2002, n. 4:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 2002, p. 4).

    Vosotros, queridos enfermos, marcados por el sufrimiento del cuerpo y del alma, sois quienes estáis más unidos a la cruz de Cristo, pero, al mismo tiempo, sois los testigos más elocuentes de la misericordia de Dios. Por medio de vosotros y mediante vuestro sufrimiento, él se inclina con amor hacia la humanidad. Sois vosotros quienes, diciendo en el silencio del corazón:  "Jesús, en ti confío", nos enseñáis que no hay fe más profunda, esperanza más viva y amor más ardiente que la fe, la esperanza y el amor de quien en la tribulación se abandona en las manos seguras de Dios. ¡Ojalá que las manos de quienes os ayudan en el nombre de la misericordia sean una prolongación de estas grandes manos de Dios!

   Quisiera abrazaros a cada uno. Dado que prácticamente no es posible, os estrecho espiritualmente contra mi corazón, y os imparto mi bendición, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. (Mensaje a los enfermos en el santuario de la Divina Misericordia, Kracovia-Lagiewniki. Mayo 27, 2006).

 
4. Sólo la Misericordia Divina ilumina el misterio del hombre.

Comentando su viaje a Polonia:

   Hoy quiero recorrer, juntamente con vosotros, las etapas del viaje apostólico que realicé en los días pasados a Polonia…No podía faltar la visita a los santuarios que han marcado la vida del sacerdote y obispo Karol Wojtyla; sobre todo tres: el de Czestochowa, el de Kalwaria Zebrzydowska y el de la Misericordia Divina…

   En el santuario de la Misericordia Divina, en Lagiewniki, me permitió poner de relieve que sólo la Misericordia divina ilumina el misterio del hombre. En el convento cercano a este santuario, al contemplar las llagas luminosas de Cristo resucitado, sor Faustina Kowalska recibió un mensaje de confianza para la humanidad, el mensaje de la Misericordia divina, del que Juan Pablo II se hizo eco e intérprete, y que en realidad es un mensaje central precisamente para nuestro tiempo: la Misericordia como fuerza de Dios, como límite divino contra el mal del mundo.  (General Audiencia general, Mayo 31, 2006)


5. La Misericordia divina en la vida de Juan Pablo II y de Benedicto XV.

En la Fiesta de la Divina Misericordia, 15 de abril del 2007, en la Santa misa recordaba al papa Juan Pablo II y su legado:

   El Santo Padre Juan Pablo II quiso que este domingo se celebrara como la fiesta de la Misericordia Divina: en la palabra "misericordia" encontraba sintetizado y nuevamente interpretado para nuestro tiempo todo el misterio de la Redención. Vivió bajo dos regímenes dictatoriales y, en contacto con la pobreza, la necesidad y la violencia, experimentó profundamente el poder de las tinieblas, que amenaza al mundo también en nuestro tiempo. Pero también experimentó, con la misma intensidad, la presencia de Dios, que se opone a todas estas fuerzas con su poder totalmente diverso y divino: con el poder de la misericordia. Es la misericordia la que pone un límite al mal. En ella se expresa la naturaleza del todo peculiar de Dios: su santidad, el poder de la verdad y del amor.

Hace dos años, después de las primeras Vísperas de esta festividad, Juan Pablo II terminó su existencia terrena. Al morir, entró en la luz de la Misericordia divina, desde la cual, más allá de la muerte y desde Dios, ahora nos habla de un modo nuevo. Tened confianza —nos dice— en la Misericordia divina. Convertíos día a día en hombres y mujeres de la misericordia de Dios. La misericordia es el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada día para llevar al mundo la buena nueva de Dios.


- Luego veía la Misericordia Divina manifestada en su propia existencia:

    Precisamente en estos días particularmente iluminados por la luz de la misericordia divina se da una coincidencia significativa para mí:  puedo volver la mirada atrás para repasar mis 80 años de vida… “Vosotros, los que teméis al Señor, venid a escuchar:  os contaré lo que ha hecho conmigo", dice un salmo (Sal 66, 16). Siempre he considerado un gran don de la Misericordia divina el hecho de que se me haya concedido la gracia de que mi nacimiento y mi renacimiento tuvieran lugar —por decirlo así— juntos, en el mismo día, al inicio de la Pascua. Así, en un mismo día, nací como miembro de mi familia y de la gran familia de Dios.


- Y añadía, reflexionando sobre el Evangelio:

 En el pasaje evangélico de hoy también hemos escuchado la narración del encuentro del apóstol Tomás con el Señor resucitado:  al apóstol se le concede tocar sus heridas, y así lo reconoce, más allá de la identidad humana de Jesús de Nazaret, en su verdadera y más profunda identidad:  "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28). El Señor ha llevado consigo sus heridas a la eternidad. Es un Dios herido; se ha dejado herir por amor a nosotros. Sus heridas son para nosotros el signo de que nos comprende y se deja herir por amor a nosotros. Nosotros podemos tocar sus heridas en la historia de nuestro tiempo, pues se deja herir continuamente por nosotros. ¡Qué certeza de su misericordia nos dan sus heridas y qué consuelo significan para nosotros! ¡Y qué seguridad nos dan sobre lo que es él: "Señor mío y Dios mío"! Nosotros debemos dejarnos herir por él.

   Las misericordias de Dios nos acompañan día a día. Basta tener el corazón vigilante para poderlas percibir. Somos muy propensos a notar sólo la fatiga diaria que a nosotros, como hijos de Adán, se nos ha impuesto. Pero si abrimos nuestro corazón, entonces, aunque estemos sumergidos en ella, podemos constatar continuamente cuán bueno es Dios con nosotros; cómo piensa en nosotros precisamente en las pequeñas cosas, ayudándonos así a alcanzar las grandes.

(Homilía Domingo de la Fiesta de la Divina Misericordia, Abril 15, 2007).

 
.6. La verdadera religión consiste en entrar en sintonía con este Corazón “rico en misericordia”

El Ángelus del Domingo 16 de septiembre de 2007, el Papa, golpeado en su corazón de pastor por las reciente tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York, fue bastante enfático en la necesidad de la Misericordia Divina. Es tan rico este mensaje que bien vale la pena transcribirlo completo:

    Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del “hijo pródigo”.

   En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa.

    Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15, 1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte.

    La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón “rico en misericordia”, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: “No juzguéis…, no condenéis…; perdonad y seréis perdonados…; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes.

    En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo.


7. La misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios.

 En el mensaje del Regina Caeli del Domingo de la Misericordia divina, 30 de marzo de 2008: 

    Durante el jubileo del año 2000, el amado siervo de Dios Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia el domingo que sigue a la Pascua, además de Dominica in Albis, se denominara también Domingo de la Misericordia Divina. Esto sucedió en concomitancia con la canonización de Faustina Kowalska, humilde religiosa polaca, celosa mensajera de Jesús misericordioso, que nació en 1905 y murió en 1938.

  En realidad, la misericordia es el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que se reveló en la Antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor. Este amor de misericordia ilumina también el rostro de la Iglesia y se manifiesta mediante los sacramentos, especialmente el de la Reconciliación, y mediante las obras de caridad, comunitarias e individuales.

   Todo lo que la Iglesia dice y realiza, manifiesta la misericordia que Dios tiene para con el hombre. Cuando la Iglesia debe recordar una verdad olvidada, o un bien traicionado, lo hace siempre impulsada por el amor misericordioso, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10, 10). De la misericordia divina, que pacifica los corazones, brota además la auténtica paz en el mundo, la paz entre los diversos pueblos, culturas y religiones.

  Como sor Faustina, Juan Pablo II se hizo a su vez apóstol de la Misericordia divina. La tarde del inolvidable sábado 2 de abril de 2005, cuando cerró los ojos a este mundo, era precisamente la víspera del segundo domingo de Pascua, y muchos notaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión mariana —era el primer sábado del mes— y la de la Misericordia divina. En efecto, su largo y multiforme pontificado tiene aquí su núcleo central; toda su misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el mundo se resume en este anuncio, como él mismo dijo en Cracovia-Lagiewniki en el año 2002 al inaugurar el gran santuario de la Misericordia Divina: «Fuera de la misericordia de Dios no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (Homilía durante la misa de consagración del santuario de la Misericordia Divina, 17 de agosto: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de agosto de 2002, p. 4). Así pues, su mensaje, como el de santa Faustina, conduce al rostro de Cristo, revelación suprema de la misericordia de Dios. Contemplar constantemente ese Rostro es la herencia que nos ha dejado y que nosotros, con alegría, acogemos y hacemos nuestra. (Regina Caeli. Domingo de la Divina Misericordia, Marzo 30, 2008).

 

8. La misericordia de Dios, es una clave de lectura privilegiada del pontificado de Juan Pablo II

En el tercer aniversario de la muerte del Papa Juan Pablo II, (abril 2 de 2008) en el marco del primer congreso mundial sobre la Divina Misericordia  afirmó: 

   La misericordia de Dios, lo dijo él mismo (Hablando del Papa Juan Pablo II), es una clave de lectura privilegiada de su pontificado. Él quería que el mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser sus testigos (Cf. Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de agosto de 2002).

   Por este motivo, quiso elevar al honor de los altares a sor Faustina Kowalska, humilde religiosa convertida por un misterioso designio divino en la mensajera profética de la Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo II había conocido y vivido personalmente las terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó durante mucho tiempo qué podría detener al avance del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el amor omnipotente de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante su última visita a Polonia, al regresar a su tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre» (ibídem).

 
9. “La Misericordia es la síntesis del mensaje cristiano”.

   En el Ángelus del Domingo 8 de junio de 2008. Comentando el evangelio del día (Mt 9, 12-13). 

   El evangelista Mateo, siempre atento al vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, en este momento pone en los labios de Jesús la profecía de Oseas: “Id y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.

   Es tal la importancia de esta expresión del profeta que el Señor la cita nuevamente en otro contexto, a propósito de la observancia del sábado (cfr Mt 12, 1-8). También en este caso Él se atribuye la responsabilidad de la interpretación del precepto, revelándose como “Señor” de las mismas instituciones legales. Dirigiéndose a los fariseos, añade: “Si hubiérais comprendido lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a personas sin culpa” (Mt 12,7). Por tanto, en este oráculo de Oseas, Jesús, el Verbo hecho hombre, se ha, por así decirlo, “encontrado” plenamente; lo ha hecho propio con todo su corazón y lo ha realizado con su comportamiento, a costa incluso de chocar con la susceptibilidad de los jefes de su pueblo. Esta palabra de Dios ha llegado a nosotros, a través de los Evangelios, como una de las síntesis de todo el mensaje cristiano: la verdadera religión consiste en el amor a Dios y al prójimo. Esto es lo que da valor al culto y a la práctica de los preceptos.

   Que la Virgen, Madre de Misericordia, suscite en nosotros sentimientos de filial abandono respecto a Dios, que es misericordia infinita; nos ayude a hacer nuestra la oración que San Agustín formula en un conocido pasaje de sus Confesiones: “¡Ten piedad de mí, Señor! Mira que no te escondo mis heridas: tú eres el médico, yo el enfermo; tú eres misericordioso, yo mísero... Toda mi esperanza está puesta en tu gran misericordia” (X, 28.39; 29.40).

Y en sus saludos a los diversos grupos de peregrinos continuó:

   El Evangelio de hoy nos muestra el rostro de amor y de misericordia de Jesús, que come con los publicanos y pecadores. Que podáis descubrir el rostro del Señor para vosotros, especialmente en los Sacramentos del Perdón y de la Eucaristía, y que os convirtáis para vuestro alrededor en testigos del amor de Dios hacia toda la humanidad.

 (En español dijo:) Os invito a que os acerquéis con confianza a Jesucristo, médico que sana los corazones y llama sin cesar a la conversión, para que inspirados por Él, penséis lo que es recto y lo cumpláis con su ayuda.


10. Sed testigos de la misericordia de Dios, manantial de esperanza para todo hombre y para el mundo entero

El 6 de Abril del 2008 Después del Regina Caeli se dirigió a los participantes del Primer Congreso Mundial de la Divina Misericordia en su clausura.) 

   Ha concluido esta mañana, con la celebración eucarística en la basílica de San Pedro, el I Congreso mundial sobre la Misericordia divina. Doy las gracias a los organizadores, en particular al Vicariato de Roma, y a todos los participantes dirijo mi cordial saludo, que ahora se convierte en una consigna: id y sed testigos de la misericordia de Dios, manantial de esperanza para todo hombre y para el mundo entero. ¡El Señor resucitado esté siempre con vosotros!


11. Ñapa: en último mensaje para la Cuaresma 2013 nos deja una nueva enseñanza relacionando la fe y la caridad: 

    La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud.

 

 2. En otros escritos:

 1. Dios Misericordia en la Encíclica Deus Caritas est.

Aunque no hable directamente de la Divina misericordia recordamos, en palabras de santa Faustina que el Amor es la flor y la misericordia es el fruto. Por tanto esta encíclica de Benedicto XVI hemos de tomarla inspiradora en la reflexión sobre la Misericordia Divina en el papa Benedicto XVI. Tomemos al menos dos textos:

 - El creyente, alcanzado por el amor de Dios, se convierte a sí mismo en foco que irradia el amor (en relación Jn 7,37-39: citado 3 veces)

 - “El hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto –como nos dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn 7,37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19,34)”. (DCE 7)

 

2. La misericordia nos hace prójimos.

Comentando la parábola del Buen Samaritano en su libro Jesús de Nazaret:

    Entonces aparece aquí el samaritano. ¿Qué es lo que hace? No se pregunta hasta dónde llega su obligación de solidaridad ni tampoco cuáles son los méritos necesarios para alcanzar la vida eterna. Ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio utiliza la palabra que en hebreo hacía referencia originalmente al seno materno y la dedicación materna. Se le conmovieron las «entrañas», en lo profundo del alma, al ver el estado en que había quedado ese hombre. «Le dio lástima», traducimos hoy en día, suavizando la vivacidad original del texto. En virtud del rayo de compasión que le llegó al alma, él mismo se convirtió en prójimo, por encima de cualquier consideración o peligro. Por tanto, aquí la pregunta cambia: no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como «yo mismo».

   Si la pregunta hubiera sido: «¿Es también el samaritano mi prójimo?», dada la situación, la respuesta habría sido un «no» más bien rotundo. Pero Jesús da la vuelta a la pregunta: el samaritano, el forastero, se hace él mismo prójimo y me muestra que yo, en lo íntimo de mí mismo, debo aprender desde dentro a ser prójimo y que la respuesta se encuentra ya dentro de mí. Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mi prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre. (Jesús de Nazareth)

 

3. Sobre el amor misericordia de Dios como “madre”

¿Es Dios también madre? Se ha comparado el amor de Dios con el amor de una madre: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» (Is 66,13). «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). El misterio del amor maternal de Dios aparece reflejado de un modo especialmente conmovedor en el término hebreo rahamim, que originalmente significa «seno materno», pero después se usará para designar el con-padecer de Dios con el hombre, la misericordia de Dios. (Jesús de Nazaret)


4. Fin del Mundo y Misericordia.

    En el libro “Luz del mundo” en colaboración con el periodista alemán Peter Seewald sobre el tema sobre fin del mundo el periodista pregunta:

La religiosa Faustina Kowalska, canonizada por Juan Pablo II, escuchó hace unos ochenta años en una visión las palabras de Jesús: «Tú debes preparar el mundo para mi venida definitiva». ¿Hay que tomar esto en serio?

Y el Papa responde:

Si se lo comprendiera de manera cronológica, en el sentido de que, por así decirlo, nos preparemos de forma inmediata a la segunda venida, sería erróneo. Si se lo comprende en el sentido espiritual que acabamos de exponer, de que el Señor es siempre Aquel que viene y que nos preparamos siempre también a la venida definitiva justamente si vamos hacia su misericordia y nos dejamos formar por ella, entonces es correcto. Dejarse formar por la misericordia de Dios como poder opuesto a la falta de misericordia del mundo: ésa es, por así decirlo, la preparación para que vengan Él mismo y su misericordia. (Benedicto XVI y Peter Seewald, “Luz del Mundo”, Munich, 15 de octubre de 2010)


5. Acudir a la Misericordia por sobre el pecado:

En el mismo libro “Luz del Mundo” se recoge una Carta pastoral del 19-3-2010 a los católicos de Irlanda

A los sacerdotes y religiosos que han abusado de niños: Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos….Además del inmenso daño causado a las víctimas, se ha hecho un daño enorme a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa.

Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. [ ... ] Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios. [ ... ]

A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa [protege] a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas Juez sino Salvador misericordioso. En esta última hora el alma no tiene nada en su defensa fuera de Mi misericordia. Feliz el alma que durante la vida se ha sumergido en la Fuente de la Misericordia, porque no la alcanzará la justicia.(Diario 1075).