Silencio: lugar de encuentro con Dios y los hermanos

Silencio: lugar de encuentro con Dios y los hermanos

Durante el ministerio sacerdotal que el Señor me ha concedido, varios acontecimientos me han llevado a plantear interrogantes como: ¿por qué cuesta dar el paso de la doctrina a la vida? ¿Hacer del Evangelio vida? ¿Por qué son tan pocos quienes escuchan la voz de Dios con claridad y cumplen su voluntad? Cuando se predica la Palabra de Dios, en no pocas ocasiones se tiene la sensación de ser una voz que grita en el desierto, y, ¿Quién escucha en el desierto? Muy pocos

Son pocos quienes tienen un órgano agudo para escuchar la voz del Señor que es tan bajita y se confunde entre tantas voces del mundo que la opacan; entonces ¿qué se necesita para comenzar a percibir la voz del Buen Pastor y no permitir que se atrofie el órgano para captarla? Pienso que una respuesta posible es practicar la virtud del silencio.

Al respecto, santa Faustina en su Diario escribe: “… para poder oír la voz de Dios, hay que tener la serenidad en el alma y observar el silencio, no un silencio triste, sino un silencio en el alma, es decir el recogimiento en Dios. …” (DSF 118).

El recogimiento en Dios, silencio en el alma: dos aspectos que parecen estar en vía de extinción en la humanidad ¿cuál será la razón?

El papa emérito Benedicto XVI, nos ha compartido meditaciones respecto al tema; una de ellas la hizo en la cartuja de san Esteban y san Bruno en la región de Calabria, Italia, el 9 de octubre del 2011, donde expresó que: “El progreso técnico ha hecho la vida del hombre más cómoda, pero también “más agitada, a veces convulsa. El desarrollo de los medios de comunicación hace que hoy se corra el riesgo de que lo virtual domine sobre lo real”.

“Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual, a causa de los mensajes audiovisuales que acompañan su vida desde la mañana hasta la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por miedo a sentir, precisamente, este vacío. … Algunas personas ya no son capaces de permanecer largo tiempo en silencio y soledad.”

Retirándose en el silencio y la soledad, el hombre, por así decir, se “expone” a ese aparente “vacío” al que aludía antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que hay”.

Estas palabras de nuestro querido papa Benedicto XVI, muestran una realidad palpable del hoy, y a la vez son una invitación y reto a correr el riesgo de lanzarnos a experimentar este vacío en el silencio donde hallamos la voz del Señor.

Quisiera volver a nuestra santa de la Misericordia, para ahondar un poco más en la trascendencia del silencio: “Según mi opinión y mi experiencia, la regla del silencio debería estar en el primer lugar. Dios no se da a un alma parlanchina, que como un zángano en la colmena zumba mucho, pero no produce miel. El alma hablantina está vacía en su interior. No hay en ella ni virtudes fundamentales, ni intimidad con Dios. Ni hablar de una vida más profunda, ni de una paz dulce, ni del silencio en el que mora Dios. El alma sin gustar la dulzura del silencio interior, es un espíritu inquieto y perturba este silencio en los demás. Vi a muchas almas en los abismos infernales por no haber observado el silencio. Ellas mismas me lo dijeron cuando les pregunté cuál había sido la causa de su ruina. Eran almas consagradas. Oh Dios mío, qué dolor al pensar que podrían estar no solamente en el paraíso, sino hasta ser santas. Oh Jesús, Misericordia, tiemblo al pensar que debo rendir cuenta de la lengua, en la lengua está la vida, pero también la muerte, a veces con la lengua matamos, cometemos un verdadero asesinato ¿Y podemos considerar esto como una cosa pequeña? De verdad, no entiendo estas conciencias. …” (DSF, 119).

Qué grandiosa es el alma que se expone a la soledad y al silencio, para no vivir de otra cosa que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial, encuentra también una profunda comunión con cada hombre.

Así, los momentos de soledad y silencio se transforman en una verdadera amistad y diálogo con Dios y con los hermanos; es paradójico pero real, vivámoslo para alcanzar la plenitud de la vida.