El placebo de la ideología de género

El placebo de la ideología de género

El año pasado asistí a un par de eventos convocados por organizaciones pro LGBTI, quería escuchar el tipo de cosas que dicen a las personas homosexuales, dialogar con algunos asistentes, recoger sus impresiones, escucharlos.

Tristemente, un elemento permanente en el discurso de los organizadores era la palabra: “odio”; se insistía a los asistentes que las personas que rechazamos la ideología de género lo hacemos motivados por la homofobia y la ignorancia, al tiempo que se presentaban las políticas con enfoque de género como algo irremplazable para cambiar la situación de todos los homosexuales, lesbianas, travestis, bisexuales e intersexuales, como si fuera imposible otra opción.

Como creyente, deseo sinceramente que ninguno de ellos sea discriminado o maltratado, y eso me obliga a preguntarme si realmente esta ideología les ayuda; lamentablemente cuando consideramos la respuesta que las ONGs pro LGBTI les ofrecen a los homosexuales y sus familias, descubrimos que al final de cuentas la historia, los sentimientos y experiencias de cada uno de ellos son irrelevantes, pues a todos, sin distinción, se les ofrece el mismo placebo: “tú estás bien, ellos están mal, son ignorantes y homofóbicos, debemos cambiar la sociedad.”

Piensa por ejemplo en Camila: una chica con apariencia de hombre; su mamá después de ser abusada sexualmente cuando era joven, desarrolló un profundo temor ante la vulnerabilidad que para ella supuso ser mujer; en su primer embarazo preparó todo para el nacimiento de un niño porque la idea de tener una hija le generaba muchísima ansiedad, cuando Camila nació, su mamá experimentó un fuerte rechazo hacia ella, al punto que decidió no tener más hijos.

José: un hombre adulto, dice ser una mujer en el cuerpo de un hombre, tiene apariencia masculina, pero fantasea con vestirse como mujer; cuando tenía 9 años tuvo sus primeras experiencias sexuales con un hombre mayor, terminó creyendo que era homosexual por el placer que experimentó cuando estimularon sus genitales.

Richard nació en un hogar disfuncional, no había violencia física, pero sí un marcado abandono y vacío emocional, su juventud le acercó al mundo homosexual y consiguió en ese entorno algo de afecto, sentido de pertenencia y una pareja de su mismo sexo.

Lo trágico de estas historias no es el dolor que sufrieron, pues no existe una herida grande o pequeña que no pueda ser sanada por el Amor de Dios; lo realmente triste, es que, desde la perspectiva de género, lo que ellos vivieron es irrelevante, independiente de su experiencia, de sus vacíos emocionales, Camila, José o Richard recibirán la misma respuesta insípida, superficial y evasiva: “Tú estás bien, ellos están mal, debemos cambiar la sociedad”; cualquier intento por comprender el corazón y los sentimientos de estas personas y que los impulsó a buscar afecto o placer en parejas del mismo sexo, es señalado como algo perverso o abusivo. Desde la perspectiva de género, la única respuesta aceptable es cambiar la sociedad.

En la práctica, la persona que se identifica como LGBTI pasa a un segundo plano: solo son útiles aquellas que hacen eco al discurso de género, porque al final, esto es lo que interesa a las ONGs y quienes las financian; deconstruir la familia, deformar la relación mujer/maternidad, hombre/paternidad, familia/hijos, y esto se hace evidente cuando una persona con tendencia homosexual busca respuestas más allá de esta ideología, inmediatamente es condenado al rechazo y la burla, como le ocurrió a Richard después de reconciliarse con su pasado, casarse con una mujer, formar una familia y tener hijos.

“Como cristianos, debemos vivir aquello que nos enseña la Iglesia, que la homosexualidad representa para quien la vive una auténtica prueba, y que nosotros debemos acogerles con respeto, compasión y delicadeza, evitando todo signo de discriminación injusta.” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, No. 2358).

Sin olvidar por supuesto, que el mayor bien que podemos hacer a nuestros hermanos, independiente de su orientación sexual, es compartir con ellos la alegría del Evangelio. ¿Acaso no hemos sido todos rescatados de nuestros propios pecados? Compartamos entonces ese Amor que echa a fuera todo temor, ese Amor que nos hace nacer de nuevo.