¿Existe Dios?

¿Existe Dios?

Esta pregunta plantea un desafío muy importante, Bertrand Ruseel, un reconocido ateo británico, hizo la siguiente reflexión: si es verdad que Dios existe, son los creyentes quienes tienen el deber de aportar pruebas de su existencia, no los ateos. Debemos reconocer que tienen razón, por eso, con el ánimo de ofrecer una respuesta objetiva vamos a preguntarnos ¿Hay pruebas científicas de la existencia de Dios que puedan ser validadas en un laboratorio?

Para contestar vamos a partir de la hipótesis que Dios existe, pero no cualquiera, sino el que se dio a conocer en la persona de Jesús. Llegados a este punto tenemos que considerar ¿cómo podemos verificar esto en un laboratorio? La respuesta pone de manifiesto tres limitaciones que tendríamos que superar.

1) Herramienta: El primer obstáculo está asociado con el ser de Dios; se trata de un espíritu y por definición vive fuera de los límites de la materia. Eso nos indica que necesitamos desarrollar algún tipo de herramienta que nos permita realizar mediciones más allá del universo observable. ¿Cómo se haría eso? Yo opino que es imposible por el carácter inmaterial de un ser espiritual, pero para seguir con la reflexión vamos a suponer que podemos hacerlo.

2) Método: Supongamos que desarrollamos ese tipo de tecnología, algo como una cámara fotográfica que permite hacer mediciones más allá del espacio/tiempo, no obstante, un fotógrafo sabe que además de tener una cámara profesional debe utilizar la técnica correcta o de lo contrario la foto puede salir con poca luz, desenfocada, apuntar en la dirección errada, es decir, necesitamos un método.

3) Voluntad: Considerando que Dios es un ser personal, y como toda persona tiene inteligencia, memoria y voluntad, deducimos que Él puede tomar decisiones; por lo tanto, no es suficiente con desarrollar una herramienta y un método apropiado, también haría falta que Él lo considere oportuno y participe voluntariamente en las pruebas, aunque fuera solo de forma pasiva.

Todo lo anterior parte del supuesto que somos capaces de construir ese proyecto, esa moderna torre de babel que nos permite ascender hasta Dios para verificar su existencia. Yo tengo la opinión que no es posible hacer tal cosa porque no llegaríamos a superar ni el primer obstáculo.

Así que damos por descartada esta primera forma de verificación. Nos queda una segunda hipótesis: si Dios existe, es posible que podamos identificar alguna intervención suya en la historia y seamos capaces de realizar estudios científicos que puedan ser validados o refutados; esto nos exige establecer otro tipo de requisitos y limitaciones:

1) Prueba evidente: Para aceptar un objeto de estudio como prueba de la existencia de Dios, tiene que ser evidente que fue ocasionado por una intervención suya, quiero decir, que no se puede explicar por ningún otro medio. Descartamos una curación (que puede ocurrir por causas desconocidas pero naturales), un evento astronómico como la aparición de una señal luminosa en el cielo con forma de cruz (que puede
deberse a una extraña coincidencia), un sentimiento colectivo
de paz y alegría (que puede ser sugestión); en resumen, excluimos cualquier fenómeno que pueda ser explicado por medios ordinarios, la prueba de la existencia de Dios debe ser
evidente obra suya.

2) Expresar su identidad e intención: Si nos ponemos en la posición de Dios, cualquiera de nosotros entiende que teniendo en cuenta la inmensa cantidad de dioses que los hombres hemos venerado, sería imprudente dejar una prueba de su existencia sin confirmar quién es y qué intenciones tiene, de otra forma se generaría una tremenda confusión, es decir, la prueba científica que Dios envíe también debe dejar claro cuál es su identidad e intenciones. No solo puede aparecerse para decir aquí estoy, es necesario que nos diga quién es y qué quiere con nosotros.

3) Respetar el principio de libertad: Por último, desde una perspectiva cristiana, Dios nos hizo por amor y para que seamos felices; con ese propósito tiene que hacernos libres, sin autonomía es imposible amar, sin amar no se puede ser plenamente feliz. Ahora bien, si Dios envía una prueba de su existencia no puede realizar un milagro que resulte imposible de ignorar, porque esta certeza sería tan abrumadora para algunas personas que afectaría su libertad. Por ello, la prueba debe ser al mismo tiempo sutil pero evidente obra suya, como una discreta invitación a descubrir un acontecimiento impactante; debe respetar el principio de libertad que es necesario para que podamos amar y ser felices.

Resumiendo lo dicho, si estamos buscando pruebas que confirmen la existencia de Dios, como punto de partida es razonable que estas deben ser verificables en un laboratorio y además tiene que atender a esas tres limitaciones, a saber: 1) tiene que ser evidente obra de Dios, 2) tiene que manifestar quién es y su intención con nosotros, por último, 3) tiene que respetar nuestra libertad, porque no puede abrumarnos con la noticia de su existencia sino invitarnos a descubrirla.

Considerando lo anterior es lógico preguntar ¿existe una prueba que pueda ser verificada en el laboratorio y cumpla con esas tres condiciones? Sí, se encuentra en la Síndone de Turín o Sábana Santa, que es la tela que se usó para cubrir el cuerpo de Jesús después de su muerte, está debidamente custodiada y ha sido estudiada ampliamente:

La síndone de Turín es: 1) evidente obra de Dios, porque es imposible de replicar incluso con la tecnología actual, 2) nos conecta directamente con la muerte y resurrección de Cristo para manifestarnos quién es Dios y su intención de amarnos incondicionalmente, y 3) es al mismo tiempo, profunda y sutil para invitarnos a estudiarla sin quebrantar nuestra libertad.

Para profundizar en el tema sugiero ver la siguiente entrevista con el profesor de Física Atómica Nicolás Dietl (ver video) o pueden visitar la página oficial (linteum.com) que expone todas las pruebas que se aplicaron a esta reliquia.

Las características únicas encontradas en la sábana confirman que es imposible de replicar incluso utilizando la última tecnología disponible. Por lo tanto, es razonable concluir que la imagen de Jesús en la síndone de Turín tiene un origen sobrenatural, y constituye una evidencia científica legítima de la intervención de Dios en nuestra historia.

Dios no es indiferente a quienes piden pruebas, escribió para ellos, en el refinado lenguaje de la ciencia, una narración precisa de su muerte y resurrección, todo parece indicar que para Él, es más importante demostrarnos la verdad de su Amor manifiesto en la Cruz, que limitarse a probar su existencia.